
Una vez más, otro récord para el Cartier London vintage. Esta vez los focos se han dirigido al Cartier Pebble (a veces conocido como el 'béisbol'), que salió a subasta en Phillips en Ginebra con una estimación de CHF 50,000–100,000.
Este fue confeccionado en 1972, bajo la dirección de mi abuelo Jean-Jacques Cartier. De corazón artista, fue un apasionado del diseño (aquí fotografiado poco después de estudiar en la École des Arts Décoratifs).
Como todos los relojes Cartier London de la época, la inusual caja de oro en forma de piedra fue confeccionada en el taller Wright and Davies de Clerkenwell por un orfebre especializado —muy probablemente el distinguido jefe del taller, Sam Mayo.
Una vez verificadas, las cajas se embalaban en un maletín junto con otros componentes, los cierres desplegables y las correas hechas a medida completadas esa semana, y se entregaban al joven aprendiz que saltaba al autobús 38 hacia Piccadilly Circus y caminaba los diez minutos que lo separaban de 175 New Bond Street.
Sin taxis, furgonetas de seguridad ni guardias: la fórmula contrastada de Cartier era que nadie sospecharía jamás que un muchacho de aspecto desaliñado en un autobús llevaba algo que mereciese la pena robar. Al entrar por la entrada de personal, el aprendiz subía a la pequeña división de relojería y entregaba todo al maestro relojero Eric Denton.
Lo extraordinario de estos relojes es que numerosas piezas individuales fuesen confeccionadas a mano: desde la caja hasta la esfera, las agujas y el pulsador de zafiro. Cada reloj tardaba varios meses en fabricarse y si querías uno, ponías tu nombre en la lista de espera y simplemente tenías que esperar.
Hoy en día, es probable que tengas que esperar aún más para obtener estos pebbles de época —son incluso más raros que el más famoso Reloj Crash—, y los escasos que Jean-Jacques confeccionó se presentaban en dos tamaños para hombres y mujeres.
Algunas subastas tienen un carácter casi gladiatorio —la de ayer fue así. La puja fue rápida e intensa, reduciéndose finalmente a oferta tras oferta entre dos pujadores: uno en Míchigan y otro en Mónaco. ¿Y el precio final? Creo que incluso a mi abuelo le habría parecido asombroso: la vertiginosa suma de CHF 403.200.
Este artículo ha sido traducido del inglés. Leer la versión original en inglés